México

México es un mineral en extinción, es el producto interno bruto del onanismo colectivo, una bandera que ya no sabe si bailar hacia la derecha o la izquierda, y que tiene miedo de soñar con su materia prima, pero que recibe a las visitas con el pecho muy inflado. Es un animal herido, maleducado y entrenado para morder, una enciclopedia empolvada donde se esconde el salario mínimo, el progreso y la rebeldía. Es un pergamino lleno de humor negro, con decálogos para la cólera y educación con sobrecupo, México es una película sin posproducción y con buen sexo. México es un fenómeno natural que quiebra ventanas y empatías, es un grupo estudiantil que provoca una tormenta con diálogos y tamales, es una televisión a color que nos da orgullo y nos quita dudas, carteras y cultura. Es un cuadro de Dalí lujoso, con firma mojada, y con cinismo en cada trazo, lleno de figuras que improvisan su postura. México es una niña muerta, y otra embarazada, un basurero rimbombante con medallas y talismanes, es un paraíso de dioses y de diablos, México es la vida después de la muerte. México es un deportista millonario, con membranas y curules, con asma pero guapo, es un vecino incómodo que almacena las mejores anécdotas, que espía con binoculares la falta de pudor y alburea al respecto. Es un rey sin herederos, ni corona pero con mucha sangre para el coliseo, es un águila sin córneas, una serpiente sin sistema nervioso, un espontáneo irrumpiendo en una fiesta con el corazón en la mano. ¿Qué ha sido de la patria después de tanta prótesis, después del vitíligo y la diabetes, después de la salsa y el mariachi, qué ha de ser si bailamos con un oído en la vida y otro en tu agricultura, México transgenico, transgresor, transitorio, tranza? ¿Dónde está la comida que nace de tus olas y de tu luna roja, dónde la sed de tus universidades y tu cine, de tus míticas generaciones que nos ponían la piel de gallina? Porque ahora, el caldo de gallina somos nosotros. 

Daniel Mejía

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