Despierto cada día con un día más encima o un día menos según mi perspectiva pesimista u optimista, me miro de reojo al espejo y luego me detengo y me miro bien, luego tomo un poco de fuerza un poco de valor y quedo mirándome.
Allí estoy, ese es mi rostro, difuminado, intoxicado, sin más consumo que el comercial, los gases azucarados, las sales embolsadas, sartén de teflón. Allí estoy frente al peyorativo. Ese, eso, esa cosa soy. Cada día con más sueño y con menos sueños, según “hoy”. Con la mente sensible, con la susceptibilidad de siempre: disimulada, escarmentada, desequilibrada, oculta, corrosiva, fatal. Pensando un poco en el ego que un día tuve brevemente, pensando en mi estupidez, ahí estoy: despierto, vivo, inútil, inhábil, comenzando cualquier día, sin tristeza, sin alegría, con mucha satisfacción automático, con muy poco mérito propio (allí estoy).
Comenzó a moverme erróneamente (como siempre, según “hoy”). Veo mis manos, el teléfono, el inodoro y me doy cuenta que un día está a punto de comenzar para terminar sus contracciones mudas e inútiles sobre la nada laboral, sobre la hierba de las carreteras, sobre la pasta dental, matutino, vespertino, sin querer dormir, veo de nuevo el ciclo, veo de nuevo mis manos, mis ojos ya sin abismo, mi soledad transparente y opaca, mi dilatación emocional, mi perplejidad aburrida y mi vida real cuando me llaman, cuando escucho, cuando existo, cuando se me ocurre existir y dejar de existir. Estoy ahí, gravemente herido sin sangrar, sin que eso importe, sin que me mate, sin que muera gradualmente, simplemente estoy ahí, sin sentido, sin ton ni son, en la calamidad de la mañana, la noche, la tarde, todo en progreso al deceso, involuntariamente, ahí vamos juntos, la noche, la nada, el silencio, un día cualquiera, el ruido, la obligación, la respiración mal practicada, mi tórax, mis labios secos, las alas tiradas en los parques y las profundidades irrelevantes en donde mojo mis pies para humedecer mi uña enterrada.
Y pienso, en todo ese “mientras tanto”, pienso en usted: defraudador, mi defraudador, mi propia pesadilla personalizada, ambulante y arrinconada, que solo vino a desahuciarme un poco más. Y golpe tras golpe me digo lo absurdo que soy, lo inútil que es la tristeza, el coraje y el rencor. Y me permito respirar, a veces no me permito suspirar, mi espalda me reclama todo, busco un colchón, y usted, defraudador, dormirá, donde quiera que este, dormirá, descansará, para amanecer, despertar y defraudar.
Y yo aquí, con mis manos baldías, mis uñas fracasadas, una enterrada en mi piel, aquí, rodando en el aire de la polución, no tengo nada, lo que pude tener, usted se lo llevo, señor, defraudador. Mi vida a modo automático regreso, y usted a su jaula, de donde nunca debió haber salido. Y aunque en mi lenguaje expositivo muchas veces finjo para no derramarme “hoy” me dejo llevar un poco mi naturaleza: humana, siniestra, animal, contradictoria, pensante, muy, demasiado, demasiada mente pensante, sin razón de ser, así.
Llegaré. Llegaré un día a su jaula, y golpeare su puerta, usted, después de hacerse el dormido durante una hora saldrá fastidiado, disimulando, entonces, yo, haciendo uso de mi falta de razón, olvidaré que su cara no es la puerta, pero no quiero el rojo sobre su piel, no me interesa.
1 comentario:
Simplemente genial ...
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