Cancún sería un páramo cultural sin los empeños de Jaime Villegas quien, lienzo en ristre, se ha convertido en un cronista visual de los artistas y sus andanzas porque, como ellos, piensa que la vida es mejor con más bellas artes.
Por eso es uno de mis héroes culturales preferidos ya que mientras otros requieren de dinero público para promover la cultura, Jaime recurre al don de la amistad para realizar una cartelera cultural que ponen en el radar de cualquiera todas las actividades que el gremio cultural realiza en esta ciudad fronteriza donde tantas personas vuelven a nacer y se inventan una nueva vida y hasta insospechados oficios.
Brioso como un jazzista de Nueva Orleans, infatigable como beduino, Jaime ha montado una exposición con sus trazos y esa mirada de halcón que siempre le ayuda a encontrar el mejor ángulo, o el detonante, para desplegar su arte. Como Goya, como Posada, Villegas es un artista que ha capturado el espíritu de su tiempo y a sus contemporáneos con tizas y carboncillos puestos en níveos lienzos, amplios y vastos como las arenas de estas playas que besa el Caribe.
Como tantos que vivimos el Caribe de forma total, ha descubierto, no sin horror, que la mejor hora del día es la noche y así la noche se ha convertido en su territorio habitual y la hora en la que se deja ver ante los demás. Supongo que antes de que eso ocurra recupera fuerzas lejos de las torturas solares. Y es así que su obra despliega sombras y los sonidos de bongoés y saxofones que invitan al desvelo y otras exploraciones del espíritu. Donde él es siempre faro y mejor buen puerto.
— en Cancún.
Arturo Mendoza Mociño
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