Uno puede morir a la hora que sea, en el lugar que se le antoje, cómo se le dé la puta gana.
Se puede morir al mediodía mientras enumera con el dedo las caprichosas formas de las nubes: un borrego, un perro, una sirena, un rostro, un barco gigante que navega hacia el horizonte y se pierde entre enormes islas de algodón. Y se muere ahí, tendido sobre el pasto, con las piernas cruzadas, los brazos extendidos y los ojos abiertos, espejos de nubes.
En la madrugada a la 1:36, también se puede morir, despiertas con un tremendo vacío en el estómago, bajas las escaleras con dirección a la cocina, abres el refrigerador, metes las manotas en el pastel y te llevas un trozo a la boca manchándote de merengue. De repente las ganas de morir se apoderan de ti, caes dentro del refrigerador abierto, con la cara dentro del pastel, el azul del merengue en el cabello, la bata de dormir levantada y el culo al aire.
Supe de alguien que murió en la tarde. Era un señor que sentado en la banca de su jardín contemplaba el lento andar de una tortuga. Con su reloj de pulsera tomaba el tiempo que hacía la tortuga al desplazarse desde la fuente hasta el rosal, una distancia aproximadamente de 2.30 metros. Desesperado del tiempo más que la tortuga, el hombre pasaba la vista una y otra vez sobre el reloj para fijarse donde apuntaban las manecillas. Movía las rodillas, aporreaba la punta de los pies contra el suelo, se rascaba la nariz, la cabeza, tamborileaba con sus dedos la barbilla, y reflexionaba sobre el tiempo: ¿qué es el tiempo? Todo y a la vez nada. El tiempo es pólvora que se consume, fuego que quema, agua que se evapora, arena que entierra. Manecillas, tijeras que cortan, manos de Cronos que te toman por los talones y te hacen caer. El tiempo. Ayer, hoy, mañana. Pasado, presente, futuro. Ayer hoy fue mañana, mañana hoy será ayer. Absorto en estas cavilaciones, el hombre simplemente decidió morir, con el tiempo encima como un gran bulto sobre su espalda. En sus ojos el reflejo de su reloj pulsera marcaba las cinco con cuarenta, la tortuga era una roca más del rosal.
Hubo un joven que se entregó a los brazos de la muerte en un parque. A eso de las seis de la tarde cuando los niños corren de la mano de sus padres sujetando globos de colores. Cuando las risitas de felicidad de los niños se mezclan con el pregonar de los venteros, el rumor de las conversaciones de los adultos, y el unísono grito de los pájaros que se levantan al vuelo desde los árboles y pueblan el cielo del atardecer. El joven se preparó para irse, puso toda su atención a un globo rojo que se le escapó a un pequeño que hacía las rabietas habituales de la infancia en el suelo a los pies de su mamá. El globo rojo ascendía, más y más alto, cruzando los postes y la copa de los árboles, abriéndose paso con cuidado entre los negros pájaros. El globo rojo se asió del pico de un pájaro, el pájaro subió con el globo, alto y más alto, hasta las nubes bañadas de sangre por el sol del horizonte en un bello atardecer. Cuando el joven escapó del hechizo del globo se dio cuenta que yacía sobre el pavimento y un líquido rojo brotaba de su cabeza y de su boca. Miro sus manos y sus ropas manchadas del mismo color del globo, de la sustancia roja que se le desprendía del cuerpo a borbotones. Dirigió la mirada al cielo buscando al pájaro negro que llevaba el globo pero no pudo ver más que manchas oscuras, el cielo púrpura y nubes rojizas con ligeros pincelazos de oro. Entonces supo que el pájaro era él y que el globo se le había reventado en las manos. El llanto del niño retumbaba en sus oídos y fue lo último que escuchó y se dejó morir.
Está también el hombre que decidió morir en forma de péndulo. Ató una cuerda a la rama de un árbol, en el otro extremo de la cuerda hizo un nudo corredizo, se subió a una silla, metió la cabeza al espacio del nudo corredizo y saltó de la silla aventándose a las fauces de la muerte. La cuerda se tensó sujetando un cuerpo que se retorcía en pataletas y espasmos. El hombre sintió las sienes reventar, los ojos salirse de las orbitas -del cuenco a donde pertenecen de hecho-, el aire comenzó a faltarle, la cabeza era una bomba de tiempo a punto de estallar. La vida le pasó por los ojos como el cortometraje más minúsculo. El cuerpo del hombre dejó de mostrar vida, los pantalones mostraban manchas de orina y de excremento, babas y lágrimas le caían del rostro como cascadas cristalinas. El cuerpo suspendido se mecía lentamente en movimientos circulares, primero acorde a como se mueven las manecillas del reloj y luego al contrario a voluntad de la cuerda. Un péndulo humano que oscilaba entre la vida y la muerte, que decidió situarse en el plano de la segunda, el plano de la muerte.
Se puede morir en una noche calurosa de abril. Una noche de abril yucateca, calurosa hasta la madre. Se despoja de toda la ropa, completamente desnudo, meciendo en la hamaca para espantar el calor. Desnudo repito, con las bolas y el pito en todo su esplendor, a pelo suelto, con la luz plateada de la luna entrando por la ventana. Muriendo a la par que se termina de leer el último capítulo del libro en turno:
"Endimión murió mirando el pálido rostro de la Luna, los rayos plateados le acariciaban el rostro, un calor le quemaba el pecho, luego fue frío. La oscuridad le arrebataba la luz de los ojos, el silencio se comía su último suspiro: ¡Oh, Selene!".
Y se muere con el aire nocturno refrescando el ambiente, meciendo la hamaca. El libro sobre el pecho, un sudor frío recorriendo el cuerpo, los ojos fijos en la luna, la luna acariciándole el rostro con sus rayos plateados, y las bolas y el pito ,como dije antes, en todo su esplendor.
Así, repito lo del principio, uno puede morir a la hora que quiera, en el lugar que se le antoje, como se le dé la puta gana. Tal vez cuando termine de escribir esto yo decida morir.
Se puede morir al mediodía mientras enumera con el dedo las caprichosas formas de las nubes: un borrego, un perro, una sirena, un rostro, un barco gigante que navega hacia el horizonte y se pierde entre enormes islas de algodón. Y se muere ahí, tendido sobre el pasto, con las piernas cruzadas, los brazos extendidos y los ojos abiertos, espejos de nubes.
En la madrugada a la 1:36, también se puede morir, despiertas con un tremendo vacío en el estómago, bajas las escaleras con dirección a la cocina, abres el refrigerador, metes las manotas en el pastel y te llevas un trozo a la boca manchándote de merengue. De repente las ganas de morir se apoderan de ti, caes dentro del refrigerador abierto, con la cara dentro del pastel, el azul del merengue en el cabello, la bata de dormir levantada y el culo al aire.
Supe de alguien que murió en la tarde. Era un señor que sentado en la banca de su jardín contemplaba el lento andar de una tortuga. Con su reloj de pulsera tomaba el tiempo que hacía la tortuga al desplazarse desde la fuente hasta el rosal, una distancia aproximadamente de 2.30 metros. Desesperado del tiempo más que la tortuga, el hombre pasaba la vista una y otra vez sobre el reloj para fijarse donde apuntaban las manecillas. Movía las rodillas, aporreaba la punta de los pies contra el suelo, se rascaba la nariz, la cabeza, tamborileaba con sus dedos la barbilla, y reflexionaba sobre el tiempo: ¿qué es el tiempo? Todo y a la vez nada. El tiempo es pólvora que se consume, fuego que quema, agua que se evapora, arena que entierra. Manecillas, tijeras que cortan, manos de Cronos que te toman por los talones y te hacen caer. El tiempo. Ayer, hoy, mañana. Pasado, presente, futuro. Ayer hoy fue mañana, mañana hoy será ayer. Absorto en estas cavilaciones, el hombre simplemente decidió morir, con el tiempo encima como un gran bulto sobre su espalda. En sus ojos el reflejo de su reloj pulsera marcaba las cinco con cuarenta, la tortuga era una roca más del rosal.
Hubo un joven que se entregó a los brazos de la muerte en un parque. A eso de las seis de la tarde cuando los niños corren de la mano de sus padres sujetando globos de colores. Cuando las risitas de felicidad de los niños se mezclan con el pregonar de los venteros, el rumor de las conversaciones de los adultos, y el unísono grito de los pájaros que se levantan al vuelo desde los árboles y pueblan el cielo del atardecer. El joven se preparó para irse, puso toda su atención a un globo rojo que se le escapó a un pequeño que hacía las rabietas habituales de la infancia en el suelo a los pies de su mamá. El globo rojo ascendía, más y más alto, cruzando los postes y la copa de los árboles, abriéndose paso con cuidado entre los negros pájaros. El globo rojo se asió del pico de un pájaro, el pájaro subió con el globo, alto y más alto, hasta las nubes bañadas de sangre por el sol del horizonte en un bello atardecer. Cuando el joven escapó del hechizo del globo se dio cuenta que yacía sobre el pavimento y un líquido rojo brotaba de su cabeza y de su boca. Miro sus manos y sus ropas manchadas del mismo color del globo, de la sustancia roja que se le desprendía del cuerpo a borbotones. Dirigió la mirada al cielo buscando al pájaro negro que llevaba el globo pero no pudo ver más que manchas oscuras, el cielo púrpura y nubes rojizas con ligeros pincelazos de oro. Entonces supo que el pájaro era él y que el globo se le había reventado en las manos. El llanto del niño retumbaba en sus oídos y fue lo último que escuchó y se dejó morir.
Está también el hombre que decidió morir en forma de péndulo. Ató una cuerda a la rama de un árbol, en el otro extremo de la cuerda hizo un nudo corredizo, se subió a una silla, metió la cabeza al espacio del nudo corredizo y saltó de la silla aventándose a las fauces de la muerte. La cuerda se tensó sujetando un cuerpo que se retorcía en pataletas y espasmos. El hombre sintió las sienes reventar, los ojos salirse de las orbitas -del cuenco a donde pertenecen de hecho-, el aire comenzó a faltarle, la cabeza era una bomba de tiempo a punto de estallar. La vida le pasó por los ojos como el cortometraje más minúsculo. El cuerpo del hombre dejó de mostrar vida, los pantalones mostraban manchas de orina y de excremento, babas y lágrimas le caían del rostro como cascadas cristalinas. El cuerpo suspendido se mecía lentamente en movimientos circulares, primero acorde a como se mueven las manecillas del reloj y luego al contrario a voluntad de la cuerda. Un péndulo humano que oscilaba entre la vida y la muerte, que decidió situarse en el plano de la segunda, el plano de la muerte.
Se puede morir en una noche calurosa de abril. Una noche de abril yucateca, calurosa hasta la madre. Se despoja de toda la ropa, completamente desnudo, meciendo en la hamaca para espantar el calor. Desnudo repito, con las bolas y el pito en todo su esplendor, a pelo suelto, con la luz plateada de la luna entrando por la ventana. Muriendo a la par que se termina de leer el último capítulo del libro en turno:
"Endimión murió mirando el pálido rostro de la Luna, los rayos plateados le acariciaban el rostro, un calor le quemaba el pecho, luego fue frío. La oscuridad le arrebataba la luz de los ojos, el silencio se comía su último suspiro: ¡Oh, Selene!".
Y se muere con el aire nocturno refrescando el ambiente, meciendo la hamaca. El libro sobre el pecho, un sudor frío recorriendo el cuerpo, los ojos fijos en la luna, la luna acariciándole el rostro con sus rayos plateados, y las bolas y el pito ,como dije antes, en todo su esplendor.
Así, repito lo del principio, uno puede morir a la hora que quiera, en el lugar que se le antoje, como se le dé la puta gana. Tal vez cuando termine de escribir esto yo decida morir.
Angel Augusto
1 comentario:
Está genial...
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